Dejamos atrás Laguna Cejar con la sal de sus aguas todavía pegada a nuestra piel. El calor del sol sobre nosotros se intensifica y la idea de buscar refugio en un refrescante chapuzón se hace cada vez más atractiva.

–¿Y si vamos a los Ojos del Salar? – te pregunto entusiasmado al recordar que esas lagunas están en nuestro camino. – Eso, por supuesto, si te atreves a dar el salto a sus aguas– remato sin compasión hacia ti. Y tal como esperaba, no dudas ni un minuto en aceptar mi desafío y nos ponemos en marcha a las enigmáticas lagunas de forma circular.

En pleno salar de Atacama, a 30 kilómetros al sur del pueblo de San Pedro, nos encontramos con este pequeño oasis de aguas dulces y profundas. Son dos lagunas en medio de la nada, rodeadas de sal y de algunos pastizales que zorros y flamencos aprovechan como escondite. En las cercanías, no hay señalizaciones ni rejas que alerten sobre la existencia de estos pozos azules, lo que nos hace pensar en las pobres almas distraídas que seguramente han caído accidentalmente a sus aguas.

De las dos lagunas, solo una está habilitada para el baño de turistas y es la que contemplamos desafiantes desde la orilla, ya listos en nuestros bañadores. La adrenalina que corre por nuestras venas nos propulsa y con un gran salto finalmente nos lanzamos en una caída libre de tres metros a unas oscuras aguas que, según dicen por estos lados, no tienen fondo.